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No es cierto que en El odio, el libro de Luisgé Martín en el que José Bretón confiesa el asesinato de sus hijos, el autor sólo interrogue al asesino y a nadie más. Es verdad que no acude a Ruth Ortiz, la madre de los niños que se enterará por la prensa de la salida de tan peculiar volumen. Es verdad que no habla tampoco con nadie de su entorno, familiares, amistades, vecinos. Ni con ninguno de los policías e investigadores del caso, cuyas declaraciones recoge de informes y testificaciones públicas. Pero sí pregunta a una segunda fuente, un grafólogo al que envía las cartas manuscritas de Bretón y que emite un informe al escritor que este incluye en el libro. Repetimos: un grafólogo.
Cuando en Anagrama leyeron las galeradas de El odio, alguien debió exclamar, anonadado: "Luisgé, Luisgé, curra un poco más, no puede ser que la única otra fuente de este libro, además del asesino, sea un amigo tuyo aficionado a una seudociencia ridícula. Poda tus peregrinas opiniones sobre lo divino y lo humano. Vete a Córdoba, vete a Huelva, habla con la gente y, sobre todo, por el amor de Dios, habla con Ruth".
Ese fue el primero de los tres errores del sello editorial que no puede eludir de ninguna forma amparándose, como ha hecho, en "la literatura", a la sombra de Capote. Truman Capote se plantó en noviembre de 1959 en Garden City, Kansas, lugar del asesinato de la familia Clutter, con un abrigo de mujer, pajarita y gafas de concha, ante los asombrados lugareños, y se puso a entrevistar a diestro y sinestro.
Lo cuenta MarcWeingarten en un libro delicioso: La banda que escribía torcido: una historia del nuevo periodismo (Libros del KO). Aquel ratón de biblioteca neoyorquino que tanto desentonaba en la América profunda fue capaz, sin embargo, de ganarse a todo el mundo. Logró convertirse en el segundo de facto del detective Alvin Dewey que investigaba el caso. Cuando detuvieron a los asesinos Dick Hickock y Perry Smith, se hizo también su confidente y sostuvo sus cigarrillos el día de la ejecución. Por si fuera poco, antes de que A sangre fría comenzara a publicarse por entregas en The New Yorker, la revista envió a alguien a verificar todo lo escrito. ¿Su dictamen? Capote era el más preciso de los escritores con los que había trabajado nunca.
El segundo error de Anagrama es especialmente difícil de entender: la editorial pecó de inocencia. No parece que se le ocurriera a nadie enviar el texto a algún abogado, nadie fue capaz de valorar lo que tenían entre manos: el testimonio descarnado de unos crímenes atroces que muy probablemente el asesino confesó al escritor, "la pluma del diablo", para seguir destruyendo a su odiada ex mujer con un último latigazo restallante de violencia vicaria. ¿Cómo es posible que los editores pensaran que iban poder mantener semejante material escabroso al resguardo de la voracidad de las televisiones? Por cierto, la inocencia es la interpretación más benévola aquí.
Llegados a este punto, cuando toda salta por los aires, a Silvia Sesé y su equipo no les quedaba otra opción que tirar por la calle del medio, defender al autor y a un libro que aún no ha prohibido ningún juez y ponerlo en manos de los lectores que, libremente, acudieran a las librerías para formar sus propias opiniones. Llegamos al tercer y último error. En Anagrama se han muerto de miedo. Aterrados por la tormenta mediática y probablemente también por el sentimiento de culpa de su Edipo feminista, decidieron. en primer lugar suspender temporalmente la publicación de libro y, este mismo jueves, ya de forma indefinida, sine die.
En su último comunicado, el amparo a Luisgé Martín que mostraron en el primero se desmorona. Él es, matizan, Él es, matizan, "el único autor de la obra". Ahora mismo existe una posibilidad real de que El odio no sea nunca publicado. Los miles de ejemplares se pudrirán en el almacén mientras pasamos a otra cosa y se amortiguan los últimos ecos de una de las más erráticas, torpes y pusilánimes operaciones editoriales de la historia reciente de España.