No vienen con un pan debajo del brazo, los niños vienen con un mundo entero y están dispuestos a descubrirlo a punta de pregunta, ese poderoso desincrustante del sebo que impregna el mundo adulto, tan lleno de leyes no escritas; de convenciones por un lado y, por otro, de contravenciones de las normas dadas; de enunciados que se dan por supuesto y, sobre todo, de dos cosas más: cansancio y prisa, el tándem perverso que impide detenerse y pensar.
¿Sufren las piedras?
Traducción de Carlos Fortea. Taurus. 152 páginas. 18,90 ¤ Ebook: 7,99 ¤
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Que un padre, cansado a veces y otras con ganas de salir, se detenga, converse, piense, analice y escriba es lo que logra la niña que protagoniza el nuevo libro de Wolfram Eilenberger (Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1972) con sus preguntas. ¿Sufren las piedras? es una de ellas, la que da título al ensayo en su versión traducida, publicada por Taurus. Para la edición original se eligió otra más impresionante: ¿Esto soy yo?, lo que exclama la niña al ver una ecografía. Respuesta del padre: "Podría decirse así. Entonces tendrías unas ocho o nueve semanas".
Las preguntas detonante
El diálogo continúa, pero las preguntas se quedan y se vuelve sobre ellas. El padre piensa: "¿Eras tú la de la ecografía? ¿La misma que eres hoy? Y, si la respuesta es sí, ¿la misma qué? ¿La misma persona? ¿El mismo yo? ¿El mismo ser humano? ¿El mismo individuo? Claro que ya eras tú. En cualquier caso, hay una línea de desarrollo que va desde aquel montoncito de células de 30 milímetros [...] hasta el ser que en este momento trota seguro por la habitación. Pero, sin duda, entonces no eras ningún yo [...]. No, no eras tú. No había ningún Tú... aunque todo lo que eres ahora dormitara ya como posibilidad".
Así es como una buena pregunta, una pregunta detonante -se podría denominar- dispara los mecanismos de la filosofía. Y no se trata de un examen, no va de movilizar los recuerdos y los contenidos filosóficos (que también, pues en el libro aparecen autores clásicos y Eilenberger se apoya en ellos).
Se trata más bien de sensaciones: el sonrojo ante el hecho de irse de la habitación en cuanto se duerma la criatura, mientras se afirma que allí estaremos toda la noche; la exigencia de disculpas sinceras, no de mero compromiso, cuando pedir un perdón es un fenómeno en vías de extinción en el mundo adulto... La filosofía nace también de esa vergüenza, de no poder responder o hacerlo malamente ante interrogantes como: ¿te quedas conmigo?, ¿está Dios mirándonos?, ¿qué habría pasado si no hubieras conocido a mamá? o ¿por qué Noah está enfermo?
¿Es esto mentir?
Padres y madres reconocerán al punto un libro basado en hechos reales, o más bien, como matiza el autor para La Lectura, en "preguntas reales de mis hijas (gemelas); aunque por supuesto los relatos no son transcripciones directas de conversaciones, sino formas idealizadas y literaturizadas de un padre plenamente consciente de su propia insuficiencia parental. Al fin y al cabo, no es un libro para niños en primer lugar, sino para padres".
Esto último es muy importante y conviene subrayarlo porque los padres (y el mundo), en su clara insuficiencia explicativa, echamos mano de ficciones... ¿Es esto mentir? Mentir quizá "con el más alto grado de responsabilidad. Porque quiero que crezcas siendo alguien lo bastante fuerte como para más adelante decir la verdad, aunque sea incómodo seguir principios de los que puedas querer que se conviertan en ley universal [...] confiar en ti misma cuando las reglas dejen de ofrecer fundamento y las preguntas no tengan respuesta, de mirar con esperanza el abismo que separa el deber ser del ser".
O sea, invitarte con Kant a salir con éxito y sin nostalgia de la minoría de edad, "que aprendas que tu mayor regalo es la pérdida absoluta de protección que los niños sienten en brazos de sus padres. Porque esa protección es sólo una mentira inventada para nosotros". Mientras tanto seguiremos mintiendo, seguiremos acompañando, balbuceando y ensayando respuestas para las grandes preguntas que se encuentran en esta obra. Este pequeño manual filosófico no es un compendio de respuestas. Es, sobre todo, un recordatorio de que nunca deberíamos dejar de hacernos buenas preguntas. Y eso lo saben hasta los niños.
La clave de una buena educación
El tira y afloja que resume las relaciones entre padres e hijos toma en ocasiones las maneras del chantaje. Para no llegar a esos extremos, Eilenberger echa mano de Aristóteles, que creyó en una sólida amistad entre padres e hijos. "Una buena educación se logra mediante el continuo cuidado de nuestra amistad, al compartir con los hijos la vida cotidiana y las conversaciones sobre aquello que nos alegra, entristece, maravilla o asombra", escribe.
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